IagoMax
  Capitol9
 

Max mira a ambos, dándose cuenta de que la conversación pasa a ser de dos. Iago también se da cuenta y decide comenzar una nueva.


- Max, ¿estás bien? – pregunta Iago, que ha aprovechado la improvisada intimidad para hablar, por fin, de un tema que debe ser hablado ya a más tardar.


- Sí. Un poco nervioso. Es normal – contesta Max.


- No me refiero a eso Max. Me refiero a lo de Beni. Ha venido a despedirse.


- Sí, no me lo esperaba – responde Max intentando cortar el tema.


- Max, no me creo que me lo digas tan alegremente. Ya sabes todo lo que pasó y lo tocado que te quedaste – puntualiza Iago. Él sabe que es algo de lo que Max no ha hablado todavía y no es bueno que esas cosas se pudran en el corazón e infecten al alma con su veneno.


- No pasa nada Iago. De verdad. Ha venido, se ha despedido y se ha ido. No hay más vuelta de tuerca. – dice, sonando esta frase como una sentencia sin posibilidad de respuesta.


- Max, te has pasado un buen rato totalmente ausente. Tu mente estaba en otro lado. – le responde Iago, que obvia la intención de finalizar la conversación implícita en las palabras de Max. – Y el hecho de que tu padre, con el cual hace meses que no te habla, ha ido a despedirse de ti. Y también he visto tu cara. La tengo retratada además. Uno de los mejores retratos que he hecho, por cierto, porque tu cara, tus ojos... Todo. Hablaban por ti, así que no me creo que estés tan tranquilo.


- Iago, por favor, ahora no, ¿vale?. No me apetece hablar de eso. Además, no hay nada de que hablar. De verdad, Iago. – responde determinante más.

Iago le mira. Hay mucho de lo que hablar. Hay muchos silencios en su relación perfecta. Silencios incómodos, silencios ensordecedores. Silencios a los que llegas cuando menos te imaginas y a los que da miedo poner palabras. Silencio al fin y al cabo. Han pasado demasiadas cosas, importantes, y muy complejas como para ni siquiera comentarlas, pero están ahí, esperando mientras van inyectando su veneno y haciendo daño, lenta e inexorablemente. Iago sabe que no están listos todavía para hablar de ellas, pero la conversación es inevitable y algo dentro de él ha articulado las palabras. Hay partes de Max que Iago siente muy lejos y traerlas de vuelta requiere de fuerza y de valor para enfrentarse de nuevo a sus propias miserias, escondidas en un rincón profundo del corazón.

Max no mira a Iago. Por un momento, se siente agobiado. El caos más absoluto se ha adueñado de Max desde hace tiempo.
Empezar de cero tiene dos cosas: el bagaje emocional, que no te abandona y va tirando de ti y haciendo que ese lazo invisible y elástico que os une se tense cada vez más hasta que, inevitablemente, vuelva a tu vida a recordarte las malas decisiones que has tomado; y el caos, que ya de por sí hace que las decisiones más simples se conviertan en indescifrables galimatías, empieza a tomar unas dimensiones oceánicas. Por un lado, Beni no hace más que salir y entrar en su mente como una canción larga y dolorosa que se repite una y otra vez eternamente. Por otro lado, Iago está intentando hablar. ¿Cómo voy a hablar de algo que no se ni definir? No quiero hablar, por ahora. Y aunque lo quisiera, las palabras desaparecen en algún lugar entre la mente y la boca. Por más simples que sean las cosas, siempre se acaban complicando.

Finalmente, Iago deja de mirar a Max, con una breve pero punzante mirada de decepción. No hace falta que Max le mire para darse cuenta de cómo se siente Iago, pero, por una vez, va a volverse egoísta y se entrega de nuevo al paisaje. Sus ojos reflejan perfectamente el desorden que alberga su interior. Enfrente, dos personas que sí encuentran las palabras para comunicarse.

José B. Fernández

 
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