IagoMax
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Max Carbó mira por última vez la fachada de la casa de Clara. Es curioso lo sentimentales que nos volvemos cuando vamos a dejar atrás uno de los sitios donde hemos dejado nuestra huella en el mundo con nuestra propia existencia. Cuando están a punto de salir de la monotonía, esos lugares que conforman nuestra definición de hogar se ven diferentes. Tal vez sea porque los miramos tan intensamente para que el recuerdo sea más vivo. Nos damos cuenta de detalles: texturas, colores... Hasta nos fijamos en las cornisas que habían estado escondidas por la vida loca que nos impide fijarnos en algo más allá de lo básico. A pesar de que lleva cierta prisa, Max no puede evitar recrearse por última vez en aquello que, en pocas horas, será un recuerdo más en su lista. Tras unos minutos, resopla, se dirige al portal y entra en él.

Iago Vilches mira por última vez la fachada del cementerio. Se fija también en detalles en los que nunca había reparado. Desde que murió su madre, el cementerio ha dejado un sitio de pena y dolor para ser también un lugar de refugio. Desde que salió de la cárcel es raro el día en el que Iago no pase unos minutos para hablar con su madre. Esta última vez ha querido tomarse su tiempo para despedirse en condiciones de su madre. Por tiempo indefinido.

Clara entra en el salón con una bandejita disfrazada de plata y Max la sigue con unas tazas con humeante café. Llegan al sofá y se sientan.


- No me puedo creer que te vayas ya Max.


- Yo tampoco Clara. Hace dos días decidimos irnos y en un rato ya estaremos en el tren camino a Madrid.


- El tiempo pasa tan rápido y no le damos importancia alguna. Ahora mismo me encantaría alargar este momento.


- Pero si vendré a menudo Clara. Cuando te des cuenta ya estaré por aquí otra vez.


- Ya, pero no es lo mismo. Bueno, es hora de que vivas tu vida sin que la pesada de tu madre te esté mareando a ti y a Iago. ¿Qué tal está?


- Está bien. Ha ido a despedirse de su madre.


- ¡Cuánto me equivoqué con él! Cuando el sicario de Xus te hirió no se separó de ti ni un minuto. No he visto sufrir tanto a una persona como a él aquellos días. Pero el daño está hecho y la herida es demasiado profunda. Ha demostrado con creces que tiene la misma madera que su madre. Se sentiría tan orgullosa...

Iago está sentado delante de la tumba de su madre. Con los brazos apoyados en las rodillas, en una posición que recuerda a la de un niño pequeño, Iago habla con su madre en aquel pequeño rincón del cementerio caído de la realidad, escondido en esa pequeña guarida reservada a madre e hijo.


- El tiempo ha pasado tan deprisa... Ayer Max y yo decidimos que era nuestro momento para empezar de cero. Una nueva vida, un nuevo lugar, una nueva casa... Y hoy ya nos embarcamos en esa vida. Él está despidiéndose de Clara, me manda muchos besos para ti. Yo no he tenido estómago para ir a verla. Nunca me ha gustado el fingir cosas que no siento y, a pesar de todo, sigo estando dolido con ella y por eso no voy. Sé que me dio varias oportunidades, pero si no hubieses estado tú, ¿me las habría dado? No lo creo. Solo cambió cuando la ayudé con aquel sicario de Xus que casi se la carga, pero demasiado tarde, la herida de sus prejuicios ya había infectado todo. Bueno, y el hecho de que no me separase de Max después del tiroteo.. Mamá, casi le pierdo. Pero eso forma parte del pasado, de recuerdos que voy a obviar en esta nueva etapa.
 

José B. Fernández

 
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